martes, 1 de diciembre de 2009

todas las palabras esdrújulas tienen un sinónimo llano

La palabra es la chistera del mago.
O uno de los caballos de fuego desbocados de Apolo.

La palabra es la Caja de Pandora abierta y olvidada.
O Dios Todopoderoso y Todocaprichoso.

La palabra es el síndrome de estocolmo padecido por el hombre secuestrado.
O es la lente de las gafas del miope.

No importa.
La palabra es libre y el hombre no.
La palabra es irresponsable y el hombre no.

Feliz es una palabra.
Y el hombre no.

sábado, 28 de noviembre de 2009

cara o cruz

Cuando salió de casa una tarde para ir a trabajar a la oficina, lo hizo ensimismado en la rutina de otro día cualquiera. Atravesando las mismas calles, reconociendo varias de las caras que su cruzaban con él, nada le hacía suponer que aquel iba a ser un día diferente.

Apenas había llegado al final de un paso de cebra cuando sus ojos se clavaron en un objeto que brillaba en el suelo. Se trataba de una antigua moneda, que si no había sido acuñada en plata, estaba hecha de un material que lo simulaba perfectamente. Le pareció algo digno de encontrar y no dudó un instante en convertir la moneda en su nuevo amuleto. Continuó su camino al videoclub y la iba observando entre sus manos cuando se dio cuenta. Tenía la misma imagen grabada por ambos lados. En concreto, el rostro de una mujer cuyo peinado, así como la parte del vestido que se le veía, la situaban en un momento lejano en el tiempo. Podría tratarse de una dama elegante y pudiente, quizás una reina o una princesa del siglo diecisiete. Pero lo verdaderamente llamativo es que la mujer, que no estaba de perfil sino de frente, aparecía en la moneda guiándole un ojo. Cuando se cercioró de que no se trataba de una mala pasada que le había jugado la vista, y que la imagen se repetía en ambas caras de la moneda, la apretó con fuerza en el interior de su puño, consciente del hallazgo que acababa de producirse.

La inspirada ocurrencia de alguien que se había tomando la molestia de fabricarse una moneda de dos caras iguales se le antojó una idea sublime. No habría sorteo a cara o cruz que pudiese perder el poseedor del pequeño tesoro, cómplice de la arcaica mujer que, si te fijabas bien, te estaba guiñando un ojo. Y si aquello no era efectivo, porque el engaño resultaba descubierto, resultaría sin duda una broma original y divertida. Entonces, se le ocurrió poner en práctica aquella artimaña consigo mismo, como haciéndose una idea de lo que podía llegar a ser con la gente. Ingenuamente, se imaginó ante su jefe, proponiéndole el siguiente trato. “Si sale cara”, pensó, “hoy la oficina no abre por la tarde” y lanzó la moneda al aire. Por supuesto, jamás se imaginó ni por un momento que, aquella tarde, iba a encontrarse cerrada la oficina cuando llegó hasta ella.

Lo cierto es que su primera reacción fue la de pensar que habría ocurrido algo, pero sin relacionarlo para nada con la moneda. Algo le habría surgido a su jefe para no encontrarse ya en el trabajo, como acostumbraba a hacer. Solía llegar un poco antes de la hora oficial para planificar la jornada. Así que le llamó para preguntarle y efectivamente éste le explicó que no podría abrir aquella tarde. Una hermana suya había dado a luz prematuramente, de forma que no podía acercarle las llaves porque estaba ya en el hospital. Sólo al cabo de un rato, él recordó la moneda y la sacó del bolsillo. La mujer tallada le miraba cómplice y misteriosamente con uno de sus ojos cerrados. Aquello no era posible.

Nervioso, decidió hacer de nuevo la prueba. Una chica de unos treinta y pocos años de edad apareció al final de la calle, caminando en dirección hacia él. Se intuía una joven bella y atractiva desde lejos, y cuando sus pasos redujeron la distancia, la nueva perspectiva terminó por confirmarlo. “Si sale cara, ella se parará a pedirme fuego y acabaremos yendo a tomarnos un café para conocernos”. Eso fue lo que se propuso así mismo y, otra vez, lanzó la moneda al aire.

La joven pasó a su lado, y quizás por sentirte descaradamente observada, le sonrió. Sin embargo, eso fue lo único que hizo, a parte de continuar su camino. Él contempló como desaparecía entre personas y coches, y su enorme ingenuidad le resultó insoportable. Volvió a fijarse en la moneda: la mujer seguía guiñando el ojo. Esta vez, no le brindaba complicidad sino ironía. Se estaba burlando de él por haber creído por un momento que quizás, aquella suerte de poder mágico había existido. Como un niño que deja de creer en los Reyes Magos, algo en su interior se estremeció y decidió tirar la moneda de nuevo al suelo.

Dicen que la misma moneda deambula, todavía hoy, entre las manos de la personas por breves periodos de tiempo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

equilibristas

Ayer me pasé dos horas y veinte minutos atrapado en el ascensor de la casa de Claudia. Quería darle una sorpresa así que había comprado una botella de ron en una pequeña tienda familiar que encontré por el camino, una de éstas que abren hasta tarde. Y ron del caro. La botella costaba dieciocho euros con cincuenta. La tendera, una anciana que sentada tras el mostrador, mataba el tiempo mirando una televisión portátil encajonada en una estantería de madera desconchada, entre revistas, paquetes de chicles y cajas de gominotas rancias, pareció adivinar mis intenciones. Me cobró la botella y la colocó en una bolsa de plástico con una sonrisa inequívocamente pícara que no desapareció de su boca hasta que abandoné la tienda. A pesar de mi resistencia, me descontó los cincuenta céntimos del precio y continué mi camino hacia casa de Claudia pensando que aquello no podía ser sino un presagio de lo perfecta que iba a ser aquella noche.

Hacía ya un tiempo que notaba a mi novia rara, abstraída, distanciada de mí. Y aunque reconocía que podía tener sus motivos, el hecho de que no pudiera haberla prestado aquel mes toda la atención que Claudia merece, no había sido culpa sino de Arturo. Siempre se resistió a rendirse ante la tecnología, incluso cuando el triunfo de los DVD-s ya había invadido el sector con contundente evidencia. Se empeñó en mantener una amplia sección de películas en VHS en el videoclub y así, con el tiempo, esa sección había ido menguando por motivos de economía. Hacía aproximadamente un mes, Arturo había sucumbido definitivamente ante la tendencia de lo digital y como es mi jefe, y yo su único empleado, me tocó a mí sustituir las cintas por los DVD-s física e informáticamente hablando, pues tuve que registrar uno por uno los códigos de barras de los nuevos productos. De paso, Arturo me sugirió que cambiase la orientación de las estanterías, que le diese un nuevo formato a la tienda. Sugerencia que, por supuesto, era una orden. Al final, la consecuencia del arrebato de mi jefe, que es un romántico, fue que, durante ese mes, salí del videoclub una hora más tarde de lo habitual. Y Claro, apenas pude ver a Claudia, que justo ese mes tenía un horario de noche en el peaje.

Así que ayer me había propuesto compensar el tiempo perdido y me proponía darle a mi chica una sorpresa con una velada de divertidísima borrachera y largas horas de sexo, como hacíamos hace tiempo. De camino a su casa, yo fantaseaba con la posibilidad de que, también como hace tiempo, aquella noche me hiciese una mamada. La verdad es que no recuerdo el día en que ella dejó de hacérmelas, ni yo de pedírselas. Cuando llegué al portal, un hombre salía del edificio a pasear a su perro, un gran danés que perfectamente podría haber sido un pequeño caballo. Yo aproveché y me colé en el edificio sin necesidad de llamar al timbre. Todo eran ventajas, pensaba. Aquello me permitía retrasar al máximo el momento de sorprenderla y lo que era más importante, saborear la situación directamente con ella. Para colmo, el ascensor estaba en la planta de abajo, radiante, sus puertas abiertas de par en par dándome una calurosa bienvenida a casa de Claudia porque la ocasión lo merecía, y aún tenía que merecerlo mucho más. Presioné el número siete del panel de mandos y las puertas reaccionaron con sincronizada obediencia. Justo cuando iban a cerrarse completamente para convertirse en una sola puerta, un brazo tatuado lo evitó. Era el de una chica de unos treinta años y tras un breve examen de su físico, inevitable, automático, un acto reflejo de mi naturaleza, constaté que no me atraía. A pesar de ello, me dije a mi mismo que si aquella mujer iba al quinto piso ella me invitaría a acompañarla a su casa para hacerla el amor repetidamente. Dirigió su dedo contra el panel de mandos y la yema de su índice se estrelló contra el número que yo había pronosticado. Mis cejas se alzaron divertidas y con ellas, el ascensor que nos conducía a la mujer del tatuaje y a mí a nuestros destinos. Yo me iba preguntando si serían el mismo, si se iba a cumplir mi propio vaticinio cuando un fuerte chasquido metálico acompañado de una brusca parada del ascensor me devolvió a la realidad. Aquel pequeño habitáculo se había quedado atascado entre la tercera y la cuarta planta a las once menos cuarto de la noche. A ello, le seguirían varios gritos de auxilio que se perderían en la soledad de la noche, y falsas promesas de que aquello duraría solo unos minutos. Su móvil no tenía cobertura y el mío, para variar, había preferido quedarse en su casa.

Transcurrida una hora aproximadamente yo ya sabía de la mujer que era periodista, que no era de León, pero que llevaba ya siete años trabajando allí, que vivía sola, que había estado tomando algo con unas amigas y que no era socia del videoclub, pero que el cine le encantaba. Transcurrida hora y media, a Mónica, que así se llamaba, y a mí nos pareció buena idea abrir la botella de ron y beber pequeños sorbos de aquel brebaje caliente e intomable. Supongo que hicimos buenas migas y ambos coincidimos en que sería más llevadero el encierro bajo los efectos del alcohol. Empezamos a beber y el ron comenzó a hacer su trabajo, porque la afinidad era cada vez mayor, y por ello también la confianza y las sonrisas. Le expliqué a Mónica qué había pensado hacer con esa botella y ello acabo desembocando en una conversación sobre el estado actual de mi relación de pareja con Claudia. Por mi parte, además, dada mi arraigada costumbre de hacer varias cosas a la vez, mientras hablaba con ella con total sinceridad, pensaba para mí mismo en la peculiar personalidad de aquella mujer. Uno se encontraba tan a gusto a su lado, su carácter era tan extremadamente afable y abierto… Y, ojo, que no era sólo el alcohol ni mucho menos. Obviamente, no es la primera vez que me emborracho. Aquella chica tenía algo especial, incluso físicamente, ahora que podía fijarme, y me descubrí a mi mismo advirtiendo lo mucho que me atraía Mónica. Sin embargo, como decía, esto lo pensaba a la vez que le explicaba honestamente a ella mis sensaciones o expectativas con Claudia. Entre carcajadas y sarcásticos comentarios, terminé por confesarla el tiempo que llevaba deseando que mi novia me hiciese una mamada. No sé muy bien cómo o porqué lo hice, nunca se lo había contado a nadie.

Ella me miró a los ojos y me hizo una pregunta. ” ¿Quieres qué te la chupe yo?”. Su expresión honda y sincera me hizo saber que lo decía totalmente en serio, y no daba píe a sorprenderse ni a cuestionarse absolutamente nada de lo ridículo o extraño de aquella situación. Asentí con seguridad, y me acomodé en la pared del ascensor cuando Mónica me desabrochó los pantalones. Para cuando hubo terminado, el sistema de elevación se había ya puesto en marcha de nuevo, de forma tan repentina como había dejado de hacerlo, y nos encontrábamos parados en la quinta planta con las puertas abiertas. Lo sabíamos, pero a mi me no me importó en absoluto y Mónica incluso apoyó su mano en el sensor de movimiento para que las puertas nos volviesen a cerrarse siguiendo al ascensor su curso. Se incorporó, me dio un beso en la mejilla y desapareció en la oscuridad del portal. Las puertas se cerraron y yo, en lo que tardé en llegar al séptimo, me miré fijamente al espejo del ascensor para ver bien de cerca cómo es la cara de la felicidad.

Escondí la botella de ron vacía detrás de una papelera. Llamé a timbre varias veces y por fin, Claudia apareció al otro lado de la puerta, más dormida que despierta. Apenas se inmutó por mi presencia, ni siquiera por lo tarde de mi visita. La expliqué resumidamente qué había sucedido: llevaba más de dos horas encerrado en el ascensor con una señora. Tampoco mi mala suerte pareció conmoverla. Me dijo que no podía quedarme a dormir, que estaba ya dormida y que no procedía. Anonadado, intenté razonar con ella que lo que no procedía es que hiciese volver a su novio a su casa a las dos de la mañana. Pero Claudia se negaba. Yo atribuía su disparatada obstinación al malhumor de quien se acaba de despertar de un sueño profundo, y por eso, insistí ingenuamente para tratar de hacerla cambiar de opinión. Pero no había forma. La conversación debió de prolongarse más de lo previsto, y de repente, una tercera persona de torso descubierto y peludo apareció junto a Claudia. Fue simplemente lo inesperado de aquella aparición lo que hizo que reculase al menos, un metro hacia atrás, concentrado como estaba intentado conseguir que mi novia me permitiese entrar en su casa. Sólo a continuación até cabos. O mejor dicho, até un cabo con el otro. Que hubiese un tío en casa de Claudia a las dos de la mañana, y que ella no me dejase entrar no eran coincidencias. Y, cuando pude asimilar tanta información como tenía ante mis ojos, recaí en que a aquel tipo que se estaba acostando con mi novia yo le conocía. Era Arturo, el sueño del videoclub. Era mi jefe. Como oía ruidos desde la cama, se había acercado a ver qué estaba ocurriendo.

Durante un minuto nadie dijo nada. Después, lo hice yo. Y me dediqué a describir con tanta minuciosidad como pude la mamada que Mónica me había hecho en el ascensor. Tal era mi rabia, que pretendí clavarle las palabras a Claudia en su cara. Pero no logré borrar ni mínimamente su expresión de remordimiento. A Arturo le deseé suerte. Le reconocí que al principio iba a estar muy bien, pero que se mantuviese atento, porque con el tiempo, y de repente, Claudia dejaba de practicar felaciones. Lo cierto es que, justo antes de meterme en el ascensor y dejarles allí, ante la puerta, pasmados, lo cierto es que creo que estuve muy inspirado con mis últimas palabras a mi jefe. “Llega un momento Arturo, en que tu polla se convierte en una puta cinta de VHS y entonces descubres que el DVD lo tiene otro tío entre las piernas. Ten cuidado, amigo, porque mañana no estaré yo en el videoclub para solucionarlo”.

Ayer bajé por última vez en el ascensor de la casa de Claudia. Volví a mirarme ante el espejo y no supe identificar la cara que en él se reflejaba. Que curioso, no era una cara de felicidad. Había perdido una novia y un trabajo y en cambio, había ganado una mamada prácticamente anónima. Pero aquella cara ante el espejo tampoco era de tristeza. Regresando a mi casa, volví a pasar por el mismo camino y la señora de la tienda aún seguía colgada de la televisión. Qué extraño equilibrio nos empuja en la vida hacia delante.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

peatones con prisa

Aquel semáforo se había atascado justo en la calle más transitada de la ciudad. La luz verde debía apagarse para cederle su turno al impertérrito centinela rojo, tras apenas unos segundos de intermitente advertencia, pero no fue así. Los circuitos de algún programa informático conspiraban divertidos para prolongar de forma aparentemente continua el parpadeo de la esperanza para peatones con prisa.

Ningún ciudadano de a píe quiso enterarse de la circunstancia. Apresurados por la propia luz intermitente, hombres elegantes y sujetos a un maletín de cuero, o grupos de madres de niños que habían salido del colegio, o jóvenes hablándole a algún amigo, a su pareja o al teléfono móvil, o niños suficientemente mayores como para cruzar una calle solos, o ancianos concentrados en otras luces del pasado, e incluso los perros, todos hacían lo exactamente lo mismo: se daban prisa para cruzar de una lado a otro. Unos aceleraban el paso notablemente, llegado algunos a convertirlo en cómica zancada. Otros emprendían una suerte de carrera tenue y estéticamente más deportiva. El caso es que todo el mundo reaccionaba de la misma manera ante aquel semáforo que interrumpiendo por momentos exactos el destello de una de sus luces, prolongaba el paso de los peatones para siempre.

Sólo los conductores se percataron del colapso del semáforo, y no lo hicieron hasta transcurridos ya unos minutos de espera, cuando se descubrieron a sí mismos esperando más tiempo del que cabía esperar. Seguramente, a varios de los conductores que permanecían en el interior de los vehículos amontonados a lo largo de la calle, les habría parecido buena idea arrancar el coche cortando el paso a los transeúntes y devolviéndose el turno que les había sido arrebatado, si ellos hubieran sido el primer coche de aquella larga fila. Pero no era así, y el conductor del primer coche de aquella larga fila no veía el momento de colarse entre el tránsito continuo de peatones. A fin de cuentas, aquel incidente estaba sucediendo en la calle más transitada de la ciudad. Así que poco a poco, iban perdiendo la paciencia los conductores del final, e impertinentes timbres de diferentes bocinas, a cada cual más estridente, surcaban el aire de un lado para otro. El berrinche automovilístico se propagaba con la eficacia de un virus y contagiaba a los conductores de delante como la ficha del dominó contagia el movimiento a la siguiente. Para colmo, los peatones, que ya tenían bastante con cruzar la acera con presteza porque apenas les quedaba tiempo, ante semejante avalancha de cláxones enfurecidos, no hacían sino cruzar más rápido la calle, pensando para sus adentros en la desagradable y desafortunada coincidencia que había amontonado a tan impacientes y maleducados conductores en aquel día cualquiera a esa hora concreta de la tarde.

Sólo un anciano vagabundo, a cierta distancia, reía con inmensas carcajadas aquella situación, cómplice de una vida que a veces, a pesar de todo, le sonreía. Estaba sucio, mal vestido y apenas despertaba la atención de nadie, así que había aprendido a atenderlo todo con otra perspectiva.