viernes, 27 de noviembre de 2009

equilibristas

Ayer me pasé dos horas y veinte minutos atrapado en el ascensor de la casa de Claudia. Quería darle una sorpresa así que había comprado una botella de ron en una pequeña tienda familiar que encontré por el camino, una de éstas que abren hasta tarde. Y ron del caro. La botella costaba dieciocho euros con cincuenta. La tendera, una anciana que sentada tras el mostrador, mataba el tiempo mirando una televisión portátil encajonada en una estantería de madera desconchada, entre revistas, paquetes de chicles y cajas de gominotas rancias, pareció adivinar mis intenciones. Me cobró la botella y la colocó en una bolsa de plástico con una sonrisa inequívocamente pícara que no desapareció de su boca hasta que abandoné la tienda. A pesar de mi resistencia, me descontó los cincuenta céntimos del precio y continué mi camino hacia casa de Claudia pensando que aquello no podía ser sino un presagio de lo perfecta que iba a ser aquella noche.

Hacía ya un tiempo que notaba a mi novia rara, abstraída, distanciada de mí. Y aunque reconocía que podía tener sus motivos, el hecho de que no pudiera haberla prestado aquel mes toda la atención que Claudia merece, no había sido culpa sino de Arturo. Siempre se resistió a rendirse ante la tecnología, incluso cuando el triunfo de los DVD-s ya había invadido el sector con contundente evidencia. Se empeñó en mantener una amplia sección de películas en VHS en el videoclub y así, con el tiempo, esa sección había ido menguando por motivos de economía. Hacía aproximadamente un mes, Arturo había sucumbido definitivamente ante la tendencia de lo digital y como es mi jefe, y yo su único empleado, me tocó a mí sustituir las cintas por los DVD-s física e informáticamente hablando, pues tuve que registrar uno por uno los códigos de barras de los nuevos productos. De paso, Arturo me sugirió que cambiase la orientación de las estanterías, que le diese un nuevo formato a la tienda. Sugerencia que, por supuesto, era una orden. Al final, la consecuencia del arrebato de mi jefe, que es un romántico, fue que, durante ese mes, salí del videoclub una hora más tarde de lo habitual. Y Claro, apenas pude ver a Claudia, que justo ese mes tenía un horario de noche en el peaje.

Así que ayer me había propuesto compensar el tiempo perdido y me proponía darle a mi chica una sorpresa con una velada de divertidísima borrachera y largas horas de sexo, como hacíamos hace tiempo. De camino a su casa, yo fantaseaba con la posibilidad de que, también como hace tiempo, aquella noche me hiciese una mamada. La verdad es que no recuerdo el día en que ella dejó de hacérmelas, ni yo de pedírselas. Cuando llegué al portal, un hombre salía del edificio a pasear a su perro, un gran danés que perfectamente podría haber sido un pequeño caballo. Yo aproveché y me colé en el edificio sin necesidad de llamar al timbre. Todo eran ventajas, pensaba. Aquello me permitía retrasar al máximo el momento de sorprenderla y lo que era más importante, saborear la situación directamente con ella. Para colmo, el ascensor estaba en la planta de abajo, radiante, sus puertas abiertas de par en par dándome una calurosa bienvenida a casa de Claudia porque la ocasión lo merecía, y aún tenía que merecerlo mucho más. Presioné el número siete del panel de mandos y las puertas reaccionaron con sincronizada obediencia. Justo cuando iban a cerrarse completamente para convertirse en una sola puerta, un brazo tatuado lo evitó. Era el de una chica de unos treinta años y tras un breve examen de su físico, inevitable, automático, un acto reflejo de mi naturaleza, constaté que no me atraía. A pesar de ello, me dije a mi mismo que si aquella mujer iba al quinto piso ella me invitaría a acompañarla a su casa para hacerla el amor repetidamente. Dirigió su dedo contra el panel de mandos y la yema de su índice se estrelló contra el número que yo había pronosticado. Mis cejas se alzaron divertidas y con ellas, el ascensor que nos conducía a la mujer del tatuaje y a mí a nuestros destinos. Yo me iba preguntando si serían el mismo, si se iba a cumplir mi propio vaticinio cuando un fuerte chasquido metálico acompañado de una brusca parada del ascensor me devolvió a la realidad. Aquel pequeño habitáculo se había quedado atascado entre la tercera y la cuarta planta a las once menos cuarto de la noche. A ello, le seguirían varios gritos de auxilio que se perderían en la soledad de la noche, y falsas promesas de que aquello duraría solo unos minutos. Su móvil no tenía cobertura y el mío, para variar, había preferido quedarse en su casa.

Transcurrida una hora aproximadamente yo ya sabía de la mujer que era periodista, que no era de León, pero que llevaba ya siete años trabajando allí, que vivía sola, que había estado tomando algo con unas amigas y que no era socia del videoclub, pero que el cine le encantaba. Transcurrida hora y media, a Mónica, que así se llamaba, y a mí nos pareció buena idea abrir la botella de ron y beber pequeños sorbos de aquel brebaje caliente e intomable. Supongo que hicimos buenas migas y ambos coincidimos en que sería más llevadero el encierro bajo los efectos del alcohol. Empezamos a beber y el ron comenzó a hacer su trabajo, porque la afinidad era cada vez mayor, y por ello también la confianza y las sonrisas. Le expliqué a Mónica qué había pensado hacer con esa botella y ello acabo desembocando en una conversación sobre el estado actual de mi relación de pareja con Claudia. Por mi parte, además, dada mi arraigada costumbre de hacer varias cosas a la vez, mientras hablaba con ella con total sinceridad, pensaba para mí mismo en la peculiar personalidad de aquella mujer. Uno se encontraba tan a gusto a su lado, su carácter era tan extremadamente afable y abierto… Y, ojo, que no era sólo el alcohol ni mucho menos. Obviamente, no es la primera vez que me emborracho. Aquella chica tenía algo especial, incluso físicamente, ahora que podía fijarme, y me descubrí a mi mismo advirtiendo lo mucho que me atraía Mónica. Sin embargo, como decía, esto lo pensaba a la vez que le explicaba honestamente a ella mis sensaciones o expectativas con Claudia. Entre carcajadas y sarcásticos comentarios, terminé por confesarla el tiempo que llevaba deseando que mi novia me hiciese una mamada. No sé muy bien cómo o porqué lo hice, nunca se lo había contado a nadie.

Ella me miró a los ojos y me hizo una pregunta. ” ¿Quieres qué te la chupe yo?”. Su expresión honda y sincera me hizo saber que lo decía totalmente en serio, y no daba píe a sorprenderse ni a cuestionarse absolutamente nada de lo ridículo o extraño de aquella situación. Asentí con seguridad, y me acomodé en la pared del ascensor cuando Mónica me desabrochó los pantalones. Para cuando hubo terminado, el sistema de elevación se había ya puesto en marcha de nuevo, de forma tan repentina como había dejado de hacerlo, y nos encontrábamos parados en la quinta planta con las puertas abiertas. Lo sabíamos, pero a mi me no me importó en absoluto y Mónica incluso apoyó su mano en el sensor de movimiento para que las puertas nos volviesen a cerrarse siguiendo al ascensor su curso. Se incorporó, me dio un beso en la mejilla y desapareció en la oscuridad del portal. Las puertas se cerraron y yo, en lo que tardé en llegar al séptimo, me miré fijamente al espejo del ascensor para ver bien de cerca cómo es la cara de la felicidad.

Escondí la botella de ron vacía detrás de una papelera. Llamé a timbre varias veces y por fin, Claudia apareció al otro lado de la puerta, más dormida que despierta. Apenas se inmutó por mi presencia, ni siquiera por lo tarde de mi visita. La expliqué resumidamente qué había sucedido: llevaba más de dos horas encerrado en el ascensor con una señora. Tampoco mi mala suerte pareció conmoverla. Me dijo que no podía quedarme a dormir, que estaba ya dormida y que no procedía. Anonadado, intenté razonar con ella que lo que no procedía es que hiciese volver a su novio a su casa a las dos de la mañana. Pero Claudia se negaba. Yo atribuía su disparatada obstinación al malhumor de quien se acaba de despertar de un sueño profundo, y por eso, insistí ingenuamente para tratar de hacerla cambiar de opinión. Pero no había forma. La conversación debió de prolongarse más de lo previsto, y de repente, una tercera persona de torso descubierto y peludo apareció junto a Claudia. Fue simplemente lo inesperado de aquella aparición lo que hizo que reculase al menos, un metro hacia atrás, concentrado como estaba intentado conseguir que mi novia me permitiese entrar en su casa. Sólo a continuación até cabos. O mejor dicho, até un cabo con el otro. Que hubiese un tío en casa de Claudia a las dos de la mañana, y que ella no me dejase entrar no eran coincidencias. Y, cuando pude asimilar tanta información como tenía ante mis ojos, recaí en que a aquel tipo que se estaba acostando con mi novia yo le conocía. Era Arturo, el sueño del videoclub. Era mi jefe. Como oía ruidos desde la cama, se había acercado a ver qué estaba ocurriendo.

Durante un minuto nadie dijo nada. Después, lo hice yo. Y me dediqué a describir con tanta minuciosidad como pude la mamada que Mónica me había hecho en el ascensor. Tal era mi rabia, que pretendí clavarle las palabras a Claudia en su cara. Pero no logré borrar ni mínimamente su expresión de remordimiento. A Arturo le deseé suerte. Le reconocí que al principio iba a estar muy bien, pero que se mantuviese atento, porque con el tiempo, y de repente, Claudia dejaba de practicar felaciones. Lo cierto es que, justo antes de meterme en el ascensor y dejarles allí, ante la puerta, pasmados, lo cierto es que creo que estuve muy inspirado con mis últimas palabras a mi jefe. “Llega un momento Arturo, en que tu polla se convierte en una puta cinta de VHS y entonces descubres que el DVD lo tiene otro tío entre las piernas. Ten cuidado, amigo, porque mañana no estaré yo en el videoclub para solucionarlo”.

Ayer bajé por última vez en el ascensor de la casa de Claudia. Volví a mirarme ante el espejo y no supe identificar la cara que en él se reflejaba. Que curioso, no era una cara de felicidad. Había perdido una novia y un trabajo y en cambio, había ganado una mamada prácticamente anónima. Pero aquella cara ante el espejo tampoco era de tristeza. Regresando a mi casa, volví a pasar por el mismo camino y la señora de la tienda aún seguía colgada de la televisión. Qué extraño equilibrio nos empuja en la vida hacia delante.

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