Aquel semáforo se había atascado justo en la calle más transitada de la ciudad. La luz verde debía apagarse para cederle su turno al impertérrito centinela rojo, tras apenas unos segundos de intermitente advertencia, pero no fue así. Los circuitos de algún programa informático conspiraban divertidos para prolongar de forma aparentemente continua el parpadeo de la esperanza para peatones con prisa.
Ningún ciudadano de a píe quiso enterarse de la circunstancia. Apresurados por la propia luz intermitente, hombres elegantes y sujetos a un maletín de cuero, o grupos de madres de niños que habían salido del colegio, o jóvenes hablándole a algún amigo, a su pareja o al teléfono móvil, o niños suficientemente mayores como para cruzar una calle solos, o ancianos concentrados en otras luces del pasado, e incluso los perros, todos hacían lo exactamente lo mismo: se daban prisa para cruzar de una lado a otro. Unos aceleraban el paso notablemente, llegado algunos a convertirlo en cómica zancada. Otros emprendían una suerte de carrera tenue y estéticamente más deportiva. El caso es que todo el mundo reaccionaba de la misma manera ante aquel semáforo que interrumpiendo por momentos exactos el destello de una de sus luces, prolongaba el paso de los peatones para siempre.
Sólo los conductores se percataron del colapso del semáforo, y no lo hicieron hasta transcurridos ya unos minutos de espera, cuando se descubrieron a sí mismos esperando más tiempo del que cabía esperar. Seguramente, a varios de los conductores que permanecían en el interior de los vehículos amontonados a lo largo de la calle, les habría parecido buena idea arrancar el coche cortando el paso a los transeúntes y devolviéndose el turno que les había sido arrebatado, si ellos hubieran sido el primer coche de aquella larga fila. Pero no era así, y el conductor del primer coche de aquella larga fila no veía el momento de colarse entre el tránsito continuo de peatones. A fin de cuentas, aquel incidente estaba sucediendo en la calle más transitada de la ciudad. Así que poco a poco, iban perdiendo la paciencia los conductores del final, e impertinentes timbres de diferentes bocinas, a cada cual más estridente, surcaban el aire de un lado para otro. El berrinche automovilístico se propagaba con la eficacia de un virus y contagiaba a los conductores de delante como la ficha del dominó contagia el movimiento a la siguiente. Para colmo, los peatones, que ya tenían bastante con cruzar la acera con presteza porque apenas les quedaba tiempo, ante semejante avalancha de cláxones enfurecidos, no hacían sino cruzar más rápido la calle, pensando para sus adentros en la desagradable y desafortunada coincidencia que había amontonado a tan impacientes y maleducados conductores en aquel día cualquiera a esa hora concreta de la tarde.
Sólo un anciano vagabundo, a cierta distancia, reía con inmensas carcajadas aquella situación, cómplice de una vida que a veces, a pesar de todo, le sonreía. Estaba sucio, mal vestido y apenas despertaba la atención de nadie, así que había aprendido a atenderlo todo con otra perspectiva.
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